Pues a la tercera no fue la vencida.
Tuvo
que ser la cuarta… y el empujoncito de las opiniones del Pueblo Nuevo, lo que
me animase a plasmar las sensaciones de mi cuarta PBP.
Aunque
resultase más cansado e incómodo fue una buena idea integrarse en el caleidoscópico
grupo de la selección española para la PBP 03.
El
domingo vamos a verificar las bicicletas. Alberto y yo nos vamos a por bebida
al polideportivo para comer el bocadillo y en la entrada nos encontramos a Masé
y Lepertel, buen comienzo. Hablamos poco porque ni nosotros parlamos francés ni
ellos una palabra de castellano. Después armamos las bicicletas, hubo suerte y
no tengo desperfectos. Llegamos al control y
… mi comisario es Pedro Vercier. Hoy es día de encuentros.
Como
premisa la experiencia te dice que donde más fuerzas gastas es en los nervios
de los prolegómenos y más escogiendo la salida de las cinco de la mañana del
martes, así que mentalizarse para esa ficticia tensa tranquilidad de la espera
aunque la procesión va por dentro.
A
las tres de la mañana nos fuimos en bus a la salida y nos volvimos a perder.
Estuvimos charlando y para cuando abrieron las puertas estábamos los últimos de
la cola. La salida es fundamental porque el gran grupo te puede llevar un
centenar de km y si no estás bien situado los cortes te pueden dejar remando
por detrás con un tren pegado a tu rueda.
Rodando
muy atento y procurando que alguien te lleve adelante cuando se produce el
corte, me ví al amanecer en el grupo delantero de unas cien unidades. Haciendo
un repaso, solamente nuestro compañero de Marbella estaba en el grupo. El
colchón líquido que se forma justo encima del sillín amenazaba con reventar
pero en aquel momento era imposible soltar aguas pues la prioridad estaba en
seguir arrastrado por el paquetón. En la plaza de Longny aviso al colega de que
quite el plato y que me había llegado la hora de mear. Fue un descanso
indescriptible. Seguí rodando con tranquilidad esperando por la rueda que me
llevaría a Brest y de vuelta a Guyancourt. Llegado a Mortagne desocupo otros
fluidos más espesos y me encuentro con Mariano. Habían pasado 20 minutos desde
la llegada.
Confirmación
de teoría: en el grupo habría llegado media hora antes y con menos gasto ya que
Mariano vino como siempre haciendo de locomotora enganchándose todo lo que
encontraba por la carretera. Desayunamos y fuimos en busca de Villaines.
Otra
máxima: en la PBP parar a comer y a dormir no es perder el tiempo.
Este
año tocó cruzar el pueblo de Mamers que, como todo el recorrido, nos recibió
con mucho ambiente. Acabamos de salir y los grupos todavía ruedan con ganas
como il treno danés pero el handicap
está en que Mariano no quiere rueda y si van a medio km. más de su paso se
queda pero si llevan su paso al kilómetro ya está tirando. Llegamos a formar un
grupo considerable, muy bien estructurado: delante los daneses y Mariano, por
el medio gente de toda condición e indefectiblemente la cola formada por media
docena de italianos, que también indefectiblemente te atacan en el primer
repecho que consideren propicio. Las lomas para llegar a Averton se dejaron
notar y el diezmado grupúsculo arribó a Villeines. En el recuerdo surgieron las
miserias pasadas por estas tierras en el 99 por mor del pajarón de juvenil que
me pilló. También aquí llegó la crisis, este año solamente regalan un llavero,
en el recuerdo quedan los CDs.
En
la carpa, con la actuación de Pepe Bango y la estelar de Llera, haciendo de
artista invitada Elena, que confirma otra teoría: en la PBP la experiencia es
más de la mitad del éxito. Como decía, en la carpa recompusimos cuerpo,
espíritu y grupo, con Mateo y Mercurio, y salimos a ganar Fougeres por nuevo
trazado cambiando la dirección de norte a oeste. Remontando los costerones de
Lassay nos fusionamos con el grupo catalán pero en los toboganes que conducen a
Gorrón volvemos a separarnos por parecerle a Porta demasiado paso el que
llevamos. El calor aprieta y acordamos hacer una refrescante parada en esta
localidad, previendo que en ella estuviese el control secreto. Gorrón nos
recibió como siempre con puestos de bebidas, pero sin cerveza, así que nos
fuimos al centro del pueblo. Cuando comenzamos a dar cuenta de las cuatro
jarras y recobramos la visión, observamos en la pared un maillot de líder de
Somarriba.
Entendimos
al tabernero que, en la etapa que había finalizado allí la semana anterior, la
campeona había comido y dormido en aquella su casa. Se dio un paseo por la
acera y entró comentando que las dos canonndale, la pinarello y la BH no eran
muy cicloturistas…
Alguno
tomó otro caldero de cerveza y con su impulso hicimos los 30 que quedaban a
Fougeres.
Lo
de siempre: comida, bebida y a por Tinteniac.
Nueva
máxima: en la PBP nunca se va a París, ni siquiera a Brest, eso se hace una
sola vez, cuando te toca el control. La meta es el control siguiente.
Salimos
en dirección sur, evitando los repechones de otras ediciones aunque los 15 km.
de general camino de Sens con viento de frente hacen daño. Los km. ya se
acumulan y podemos aplicar otra nueva máxima: entre control y control siempre
sobran los 20 últimos km. incluso en este tramo que es de sesenta.
Aquí
no subimos al restaurante, bebemos y comemos algo en el puesto rápido de abajo
y nos pertrechamos los tres para rodar de noche. La PBP está ya en su salsa y
experimentamos la sensación de dolor del músculo frío que se niega a ponerse en
acción. Diez km. más allá el músculo calienta y esto trae consigo que el culo
vuelve a encontrar su posición en el sillín. Para cuando coronamos Becherel ya
casi había oscurecido pero nunca llegó el grupo con buen paso e iluminación que
te lleva en la noche. Mariano y Mateo llevan una buena luz y el terreno no es
del todo desconocido con lo que los km. van pasando. Cruzamos San Men con la
torre del ayuntamiento y la Bullangerie iluminadas pero con la plaza totalmente
desierta.
Por
los rectos toboganes, pasado Meneac un grupito de pequeñas luces muy blancas se
acercan lenta y temblorosamente. Ya vienen de vuelta. En la oscuridad de la
noche adivinamos una docena. Traen casi una hora de adelanto con respecto al
99. Detrás de ellos un gran vacío así que pienso que se deben de venir
entendiendo bien.
Siguiente
máxima: La PBP es un problema de cabeza. Cuando enfilo los 3 km. de recta de la Trinite recuerdo los apuros de
mi primera PBP y pongo el 23. Mis dos compañeros se van pero en los toboganes
volvemos a unirnos con un grupo en el que dominaba la república de california.
Y en la Cheze los nueve km. de subida a Loudeac donde volví a hacer una
exhibición de mis dotes de no escalador.
La
ubicación de las carpas de la selección insuperable. Casi no quiero saber como
lo pudieron conseguir. A las doce de la noche el recinto era un montón de carne
embalada en sacos y diseminada por el terreno. Como la carne estaba viva o
casi, el movimiento había que hacerlo con sumo cuidado. Sin cenar ni duchar,
pero eso sí poniendo ropa saca, embalé la maltrecha carne en mi saco y en un
providencial rincón, al raso, me mantuve empaquetado hasta las seis de la
mañana.
Ducha,
desayuno de yogur, fruta y un gran cafetón de Junquera y Antonio y a las seis y
media sale el trío a rodar. Antes de salir del pueblo paro a poner el
impermeable, hace un frío que pela.
Encaramos
los bestiales repechos con mi amigo el
23 y en el puertecito para subir a Merleac hago otra exhibición de no escalador
con el 21. Para San Martín des Pres ya rodamos juntos y pasamos el control
secreto. Un tazón de café con pan y mantequilla y una explicación al fenomenal
grupo de Salamanca de que en Asturias no hay ninguna secta de ciclistas, hay
una muy seria Sociedad Cicloturista Asturiana, SCTA.
Tobogán
arriba y abajo llegamos a Carhaix. Este año el control está a la entrada, en
instalaciones más modernas y amplias. En el restaurante está poniéndose las
botas la recua pebepera de Madrid y el de los pedros asturianos al mando de
José Luis, otro veterano en su cuarta PBP que lo tiene todo bajo control.
También encontramos a los que vienen de vuelta, unos eufóricos y otros algo
derrotados pero todos con la firme idea de volver a Guyancourt. Ha calentado y
hace un día maravilloso. Por la antigua carretera de Huelgoat rodamos formando
parte de la marea de ciclistas. Todavía queda fuerza y algunos grupos te pasan
con alegría. Cuando salimos a la general saludamos a los conocidos que vuelven
para París y coronamos el puerto de Roc Trevezel.
Al principio la bajada es clara pero pronto
aparecen largos costerones que hay que subir con el plato quitado. La
locomotora se arruga un poco y al girar hacia la mar el viento castiga más de
lo debido. Se aprovechan de nuestra rueda pero nosotros no podemos usar la que nos ofrecen por las razones ya
explicadas. Pasamos el puente de la ría y callejeamos pico arriba gasta el
control.
Una
cerveza gratis, que se agradece y después más cerveza, bocadillos y tazones de
colacao.
Camino
de Landerneau el cuerpo se niega a trabajar así que subimos los repechones como
podemos y nos dejamos bajar por las anchas calzadas esperando que el sudor
vuelva a fluir por los poros. A partir de aquí la carretera va picando hacia
arriba y por fin se puede coger el ritmo. Usando el cambio conseguimos mantener
un ritmo regular y coronamos Trevezel de vuelta. Al principio el descenso es
claro pero en los 30 km. que faltan a Carhaix hay terroríficos repechos que me
destrozan. En uno llego a poner el 25 pero tengo que ir sosteniendo la maneta
porque el sincronizado se ha desajustado. Vuelve a funcionar la experiencia: sé
que la subida al pueblo es más fácil de lo que parece así que llego al control.
Cuando salgo del sellado veo una interminable cola en el restaurante pero Mariano,
que me había sacado media hora, me dice que detrás hay un restaurante rápido y
allá voy.
Cojo
de momento una cerveza, un pastelillo y unas manzanas, a euro el par y cuando
me dispongo a beber veo ante mi a Eduardo, el portugués afincado en Francia con
el que conviví en dos Europeane Audax. Es una gran sorpresa y alegría a la vez.
Pero la sorpresa sigue cuando en la misma mesa está Ray Smith, compañero de las
mismas fatigas.
Llega
Mateo quejándose, como siempre y reiniciamos marcha a Loudeac acompañados de
Eduardo que nos prestará un gran servicio para poder llegar en grupo, cosa que
logramos antes de medianoche.
Ducha
y a dormir dentro del camión, que para eso llegamos los primeros. Mañana será
otro día.
Cambiamos el saco de dormir por el culote y el maillot.
Manzana, yogur y café y, esta vez con el impermeable bien abrochado hasta
arriba, comenzamos a rodar a las seis y media por la engañosa bajada camino de
la Cheze. En la incipiente claridad flota pegada al suelo una blanquecina
neblina que se confunde con el rocío de los campos, casi convertido en helada.
Una hermosa quietud domina la campiña pero hace un frío que pela, nunca había
pasado tanto frío en la PBP. Por fin cruzamos el dormido pueblo, recostadas sus
casonas de piedra cubiertas de geranios en el soto y comenzamos a ganar altura
imperceptiblemente animados por los primeros rayos del sol. Comenzamos a sudar
y nuevo error de juvenil: desabrocho impermeable y jersey en la oprimida
garganta. Perdemos a Mateo y encontramos al melillense Fernando. Va como una
moto y eufórico. Diez km. más allá aparece el control secreto de regreso en
Illifaut. Me acuerdo de la
experimentada voz de Porta: Los controles secretos están donde siempre, no hay
más sitios. Recuerdo también a quien abrió camino a la SCTA en la PBP: Alfredo
Alvarez de Villaviciosa cuando se saltó este control, con una valla
señalizándolo en medio de la carretera porque no la vio, le costó dos horas de
penalización. En la PBP a veces se traspasan los límites. Esta tendría que ser
su sexta PBP pero una enfermedad se lo impidió. ¡Ánimo Alfredo!
Tomamos
un barreño de colacao con pan mientras Fernando sigue. Aunque todavía no hace
excesivo calor salimos sin reflectante ni impermeable. Un pinchazo en las
anginas me avisa de que suba la cremallera del maillot pero ya es demasiado
tarde. Cuando cruzamos San Men, la bulanguerí de los Bobet está abierta pero la
plaza sigue casi desierta. Mariano echa en falta el ambiente de los pueblos en
la pasada edición, con las terrazas de las plazas tomadas por los participantes.
Entrando
en Quedillac encontramos a Fernando. A partir de aquí lo veremos a menudo, bien
a rueda, dando explosivos ataques o pasando a rueda de algún treno. Nuevo apunte: cuidado con las
euforias después de una crisis, la segregación de endomorfinas es como el
zapatazo de los deportivos cuando les entra el turbo, pero hay que saber
administrarlo muy bien.
En
Tinteniac el tandem decide comer curioso
y subimos al restaurante. Me cuesta convencer al servicio de que yo no quiero
potaje y tras una espera me dan un bote de plástico lleno de pasta con algo
parecido a una sajonia encima. En el comedor le echo queso por encima y hago
varias visitas con mi vaso de plástico a la garrafa de vino, a euro cada una.
Aparece nuestro amigo Eduardo y comemos juntos. Es un gran randoneur pero viene
ayudando a una pareja de su club que ruedan bastante tocados.
Enfilamos
los suaves sesenta km. a Fougeres. Todavía siguen pasando grupos a buen ritmo,
sigue habiendo fuerza. Nueva reflexión: en la PBP por mucho que adelantes o
muchos que te pasen, siempre serán los mismos entre cada control.
Pasa
Il treno danés y seguimos con ellos
sin problemas, se acuerdan del trabajo de Mariano camino de Villeines y el capo no nos pone los inconvenientes que a
otros, generalmente de la bota. Cuando llegamos al control ya es mediodía.
Pensamos comer bien en el buen restaurante de este lugar pero la cola sale
interminable fuera del edificio.
Decidimos
buscar algo en el pueblo y encontramos una
cervecería-parrilla-bocatería-frutería-colmado y con terraza. Compro fruta y
yogur líquido mientras Mariano se hace con cerveza y bocadillos. Total: un
empacho con todo aquello. Cuando arrancamos, a los problemas con la musculatura
fría y el culo sin postura, se une una barrigada que pega en la barra aunque el
cuadro sea de estos slopin. Hay que tomarlo con calma que esto se cura solo, no
es como lo feo, en cuanto la sangre pueda dejar la digestión y calentar el
cuerpo, sudes la cerveza y el yogur y pares a mear. Mariano rueda esperándome a
la vista en las largas rectas. Desocupamos la vejiga y a rueda de una pareja de americanos en tandem enlazo con
Mariano. La cosa comienza a funcionar, me remito a la máxima de que no hay que
ponerse nervioso. El calor y los km. hacen mella y por terreno tan favorable
para rodar la locomotora da señales de gripaje. Finalmente solucionamos el
problema refrigerando con cerveza en Lassay de los castillos y volvemos a rodar
rebasando grupos y llegando pletóricos a la carpa de Villaines donde actúan
Bango, Llera y la estrella invitada Elena. Una ducha, ropa limpia con el
maillot de la selección y unos macarrones
pasaos pol cazu de Llera que estaban para chuparse los dedos. Va llegando y
marchando gente y hacia las ocho y media unas dos horas después de haber
llegado, ponemos rumbo a Mortagne. Las paradas largas ocasionan un doloroso
arranque pero el terreno levemente ascendente te ayuda a entrar en calor y se
solucionan los problemas. A unos 15 km. encontramos a Mateo y Fernando parados
preparando las luces. Seguimos y nos pertrechamos para la noche en el cruce de
la Hutte. Las fuerzas escasean y ahora ya no te pasan los grupos sino que tras
rodar un poco a rueda se quedan indefectiblemente atrás. Encaramos el largo
repechón de la rotonda de entrada a Mamers: es una larga procesión de
tremulantes lucecitas rojas. Según vas adelantando lentamente te dicen cosas
cada uno en su razonamiento. Cuando llegas al iluminado rond point el corazón
se ha acelerado un poco pero recuperas en la bajada que cruza la villa. El
fresco de la noche y la marcheta poco exigente no evapora los líquidos y así
que dejamos atrás las farolas por pronunciados desniveles, paramos a mear. La
oscuridad está poblada por multitud de luces blancas y rojas que forman un
verdadero tapón en la vía. Parece que todos tenemos el mismo problema. Cuando
continuamos la marcha pasa un grupo con alegría y buena luz y nos enganchamos a
él. Rodamos de dos en fondo y pronto cogemos el sitio en la cuarta fila.
Mariano va por fuera y por una vez mantiene la rueda. En las subidas pongo el
21 para no perder el ritmo y así rodamos hasta que una subida un poco más dura
y larga nos va dejando sin iluminación trasera. Cuando coronamos ya vamos
cerrando el grupo. Atacamos los dos km. de subida a Mortagne con dificultades para mantener la rueda pero
poco a poco se va deshinchando hasta el punto que nos cogen rueda los cadáveres
que recogemos por el camino. En la
rampa de llegada al control a algunos
les entra de repente la prisa y entro al trapo, una voz con acento muy catalán
me recrimina: No maldigas. Así que eran estos los que nos trajeron. Como por la
noche todos los gatos son pardos... Moltas
mercés nois.
Vamos
para el dormitorio, un polideportivo con colchonetas perfectamente alineadas
donde no cabe ni un alfiler. Quito toda la ropa para que seque, debajo de la
manta que soy muy púdico, e intento dormir.
Miro
el reloj, son las tres de la mañana. Los ojos se adaptan a la oscuridad y veo
perfectamente en la penumbra. Tengo la garganta acartonada y soy incapaz de
tragar saliva mientras cientos de alfileres me pinchan las anginas: la
juvenilada. Comienzo a pensar a que hora cerrará el control mientras la vejiga
coge presión así que decido marchar de expedición. Pongo el culote y la
camiseta que ya están secos y me voy primero a echar una meada y remojar la
garganta y después a sellar. En el pasillo me encuentro a toda la humanidad de
Fernando roncando plácidamente. Una camiseta sin mangas y a las tres de la
mañana no debe ser el atuendo más común. Me doy cuenta por la cara de asombro
que ponen los controladores. Pero animal, ¿no te das cuenta que tienes las
anginas como huevos de avestruz? Esto son reflexiones tontas que te haces a
veces en la PBP.
Vuelvo
al catre. Delante de mi está uno arrascándose displicentemente el culo que parece
un semáforo en rojo.
Cuando
a las seis me siento en la colchoneta veo junto a mi al grupo de los pedros al
completo. Ellos se habían percatado mucho antes de mi presencia por la buena
discriminación que tienen del sonido de mi ronquido. Vamos a desayunar, como paisanos, y allí está la recua
pebepera madrileña, con la que compartimos tablero y papel que no mesa y
mantel. No habíamos dejado de callejear cuando nos adelanta ululando una
ambulancia y poco después un coche médico lleno de aparatos. Son malos presagios.
Poco después, aproximadamente donde rompí la cadena hace cuatro años, los
encontramos con la policía y una cisterna atravesada en la carretera. Pasamos
como podemos: un ciclista está desvanecido con la cabeza en un gran charco de
sangre. A la pregunta de ¿grave? me dicen que sí. Este ha tenido bastante peor
suerte que yo. Con el cuerpo descompuesto proseguimos ruta. Mientras
esperábamos la ceremonia de clausura por la tarde en Guyancourt me pareció
verlo en los servicios médicos, en una silla de ruedas y sin ninguna herida en
la cabeza aunque muy apagado, En las subidas del foret dominale de Seronches donde pinché en la salida de mi primera
PBP, encontramos a los pedros con su jefe de ruta. Pasado Chateaunuf entramos
en una paramera con el cereal ya recogido donde los bosques son pequeños
islotes en la llanura. Cada uno, en solitario o pequeños grupos va remando como
puede camino de París. Hace mucho menos frío que ayer y en la quietud de la
mañana el sol amarillento te acaricia levemente. Recibimos buena ayuda de un
amigo de Salamanca mientras pasamos a una mujer que rueda llorando a lágrima
viva.
En
Nogent comemos cosas refrescantes y un tazón de café con leche que alivian algo
la garganta. Allí está Manolo Arias con la firme convicción de terminar aunque
arrastra lo que cree que es una tendinitis desde el km 300 y la magistral
lección de compañerismo de Saúl. La tendinitis es un traumatismo según
diagnostican después.
Reiniciamos
la marcha luchando contra el agarrotamiento que producen las paradas largas
cogiendo el régimen de rendimiento en la subida de Coulombs después de haberla
cruzado por su irregular pavimento y atravesamos Faveroles sin el rodeo de 20
km. por las obras del 99. Ahora sí que ya no quedan fuerzas pues ni siquiera
intentan coger rueda, como todos los años. Llegamos al cruce de Gambaiseuil
donde en el 91 tuvimos que esperar en la noche, mientras los pavos reales
emitían sus desgarradores gritos en la floresta, hasta que pasó una pareja del
Audax Club Parisién porque un gracioso se había llevado la flecha de recuerdo.
Después rodamos detrás de ellos a 16 km./h. mientras pedían relevo sin poder
expicarles que no conocíamos el camino. Entre bosques de carbayo que esconden
los chatós que no maisons y apacibles pueblos
residenciales vamos acercándonos a la gran aglomeración urbana parisina.
Podrían darse una vuelta por aquí los especuladores urbanistas madrileños, que
están convirtiendo la capital en un México D.F. Por fin salimos a las autovías.
Es la hora en que comen los franceses y podemos rodar con la calzada despejada.
En el 99, una hora más tarde, fue una verdadera guerra en la jungla de coches
parisinos. Porque ya lo dicen los franceses que París es una cosa distinta de
Francia. Exactamente a la una y cuarto entregamos nuestro libro de ruta. Hemos
hecho los 140 últimos km. incluida la parada en seis horas. Han sido 80:15 de
tiempo real. La técnica dice que hemos rodado 50:15 horas a una media de 24:6
km./h. y ha contabilizado 1236 km.
Hasta
el próximo proyecto.