ASÍ VI LA MGM ‘05

 

Vaya ante todo mi felicitación y agradecimiento a todos los que organizando o participando hicieron posible el gran milagro de la MGM 05. Y digo milagro porque así se puede calificar esta primera super randonnee 1200 celebrada en España. Ha habido muchos fallos, pero los que aquí salgan a la luz, no se deben tomar como crítica sino cosas a solucionar en la próxima edición, que la tiene que haber. Ninguna descalificación hacia nadie, felicitación y agradecimiento por haber colaborado en muchos casos por encima de las posibilidades.

 

El baile comienza a las seis de la mañana del lunes, 18. Después de trabajar toda la noche, Junquera pasa a recogerme y, mientras él intenta dormir en el asiento trasero, llevo el vehículo hasta Algete. A media mañana estoy tumbado a la sombra de un árbol, sobre la pinchante hierba de las piscinas, en tensa espera hasta la salida de las diez de la noche…

 

Dos horas después, cansado de hacer el faquir y atacado por hormigas y toda clase de insectos, decido cambiar mis reales a un banco, a la entrada del polideportivo, a la sombra de un álamo y una sabina. Por lo menos estoy encima de una tabla, pero los ruidos de las obras y el polvo son insoportables. Y el calor ya empieza a apretar.

 

Por la tarde comienza a animarse, saludo a buenos amigos, pasamos control de bicicletas (sin dejar pasar el mínimo detalle por el Sr. Porta) y a las diez, con la presencia de los políticos (¿han puesto todo lo que tenían que poner en esta ocasión señores? o solamente buenas palabras) el matrimonio Lepertel, leyenda viva del mundo randoneur, se consuma el momento histórico de la salida de la MGM 1200. Comienzo a rodar a las 10:25 porque las leyes, en vez de proteger al ciclista, lo obligan a salir a hurtadillas no vaya a ser que se note mucho y haya denuncia y sanción para todo el que esté mínimamente implicado.

 

Sé que mis posibilidades de rodar en grupo son hasta Puebla de Beleña ( no sé por qué los nombro siquiera después del desprecio recibido) y a ello me aplico a pesar de los arreones de algunos. Tienen prisa porque quieren dormir en Gijón. Esto no es la PBP y si pierdes este autobús, no hay otro. Objetivo cumplido. Llegando a Cogollado saludo a Emilio, que va de “capitano” de un buen grupo en el que distingo a dos daneses.

 

La noche es agradable, con buena luna y se rueda bien. Regulamos en las cuestas, en la soledad del corredor de fondo, rememorando los lugares nuestros recuerdos del lejano bachiller: Jadraque, lugar donde Jovellanos curó sus heridas del alma; Hiendelaencina, minas de oro; Robledo de Corpes, afrenta de las hijas del Cid; Atienza, carnicería al reventar el viejo cañón de encina defendiéndose contra los franceses…

 

Primer control, en la oscuridad, por la noche y su poca iluminación, que atenúa su cutrez aunque te despierte bien el precio del café. Elena, la galleguiña, me hace el control y partimos hacia Ayllón.

 

Vamos cogiendo altura entre pinares, cruzamos el pueblo fantasma de Somolinos, añoro el ambiente de la PBP, y coronamos a las parameras de Campisábalos. La bajada de Grado del Pico está saltona y hay que tomar precauciones… hasta que pasa un grupo a cincuenta por hora, ganando, entre saltos y tembleques, la hermosa villa serrana en un pis pas. Ayllón, pueblo de veraneantes, nos acoge en la noche con gran ambiente, volcados con la prueba, avituallamos en el surtido chiringuito, a buenos precios y con la cortesía de una leche frita deliciosa.

 

Cuando continuamos la marcha ya quiere clarear, bordeamos el embalse con el pueblo de Maderuelo aupado en el cerro, al otro lado, atacamos costerones entre cerros dorados por la mies en sazón y, bordeando la industriosa Aranda, cruzamos el Duero, adentrándonos por viñedos de uno de los mejores vinos del mundo hasta el control de Tórtoles de Esgueva.

 

Un pésimo camino, mal hormigonado, nos conduce a una ruinosa joya, hoy quesería que elabora un excelso puro de oveja, antaño próspero monasterio, dominador de la comarca. En el frescor del claustro monacal reponemos fuerzas, escogiendo viandas en el surtido que nos ofrecen y en el que no puede faltar el afrutado tinto joven de la tierra. Un sobresaliente cum laude a estas personas que se han desvivido por nosotros.

 

Es media mañana y el sol no aprieta aún. Todavía queda fuerza y las interminables rectas de las llanuras castellanas invitan a rodar. Il treno asturiano lleva su camino y yo el mío. Intentar ir con ellos es un suicidio porque en los repechos me sacan los ojos. Es una delicia ver subir al matrimonio vitoriano, me pasan como motos.

Duro repecho de salida y llanura, Cevico Navero, repecho y llanura, Baltanás, puertecito y bajada a Torquemada. Cruzamos el Pisuerga por el puente medieval y lo remontamos por su margen derecha, es llano pero el viento comienza a castigar. Cuando llego a Frómista es mediodía.

En el control gran amabilidad y apoyo, incluida una bebida fría de cortesía. Las instalaciones, absoletas. ¿Cómo en 2005 puede haber un colegio en estas condiciones? ¿qué actividades se pueden hacer en un patio que parece haber sufrido un bombardeo? Y Frómista no es ningún pueblo apartado de la España profunda, es una villa del Camino de Santiago por el que pasan todos los años decenas de miles de peregrinos.

En el control no hay avituallamiento pero muy cerca está un restaurante con terraza a la sombra donde con un servicio exquisito comemos el plato del día: macarrones y salmón a la plancha.

A Cistierna son más de cien km. y comienza a apretar el calor así que ponemos la meta en Sahagún, los 60 km. que compartimos con el Camino de Santiago. Salgo con Alberto y Gonzalo, los dos Hidrocantábrico, pero en los repechones de Villalcazar de Sirga les mando marchar. Mi paso en las subidas no es compatible con el de nadie.

El viento entra de costado, bastante fuerte, y en Tierra de Campos no hay nada con qué protegerse, esto y el calor me hacen llegar a Sahagún bastante castigado.

Entro en el pueblo y ataco la cerveza. Por la tele están dando la subida a Marieblanque. Pienso en quedarme a ver la etapa pero me siento recuperado y sigo ruta. Gran error. Las obras obligan a coger un desvío. Además de mala carretera, el viento entra ahora de frente. Puertecito para llegar a Cea y retomar el buen camino… que está en obras con el firme levantado. Hasta Almanza queda una larga recta de 30 km. con una primera capa de asfalto negro que absorbe todas las radiaciones del iracundo sol brillando asesino allá arriba, derritiéndose bajo nuestras ruedas. Los pies, hinchados, no caben en los zapatos, la cabeza, hinchada, no cabe en el casco, mientras un taladro trepana la frente saliendo por la nuca, el agua quema al meterlo en la boca y el culo cuece como una olla encima del hogar del sillín. Ni un bar, ni una tienda, ni una gasolinera, ni una sombra; la maldita carretera recién asfaltada soltando su fétido vaho provoca nauseas. La boca se reseca como el cartón, una afilada garra te aferra el cogote agarrotándote las cervicales. Pones todo el desarrollo y pisas los pedales mientras haces movimientos que descongestionen el agarrotamiento general…

Por fin consigo arribar a Almanza. No hay tiendas. En la plaza entro en un bar: un vaso de sidra lleno de leche, el estómago ya se empieza a quejar. Y después zumos. Llegan dos franceses quejándose del calor. Toman un botellín de agua y siguen ¿?

Salgo a la plaza porticada, me descalzo y tomo los zumos mientras escucho las batallitas de los parroquianos, mil veces contadas, de mina, ganados y nevadas. Por lo menos éstas últimas relajan algo. Hay que seguir, pero el camino está cortado por nuevas obras. Son más de las cinco pero el calor aún es insoportable: un viejo randoneur, curtido en mil batallas, toma la carretera de Puente Almuey. Mientras se arrastra por la carretera, lleva la conciencia de que la MGM se ha terminado. Desvío hacia Cistierna e infernal carretera en obras, siempre picando hacia arriba. A 5 km. del control, cuando por fin se acaban las obras, pinchazo. Solamente debe faltarme quedar embarazado. A la entrada del pueblo encuentro reponiéndose en un bar a Raúl y Javier, dos buenos randoneurs de la SCTA, les digo que se acabó pero ellos me animan a ir al control. Son las siete de la tarde. Seis horas para hacer poco más de 110 km.

Eduardo tiene un buen servicio preparado en el control. Derrotado, le pido una botella de agua y despacio me tomo el litro y medio de líquido. Se me mueve la barriga y expulso todo aquello. Desaparece el dolor de cabeza y las cosas comienzan a verse de otra forma.

Son las ocho cuando vuelvo a la carretera. Aunque el estado físico es lamentable y el viento sopla en contra por el estrecho valle, el ritmo es aceptable. Las cosas se complican en la subida a la presa pero consigo llegar a la gasolinera de Riaño. Cargo litro y medio de leche, preparo luces y chaleco y ataco los 18 km. hasta el alto del Pontón.

Son más de las nueve y media y sopla un viento fortísimo de cara, pero pasada Vegacerneja, con las primeras rampas, afloja. Las praderías y el frescor del ocaso producen una transformación en este hijo de las brumas cantábricas así que a las once menos veinte corono el Pontón y desciendo, enfocando con la frontal la línea central, hasta las tierras ponguetas de Los Beyos. Ya abajo, en la zona de peor piso, encuentro a dos ciclistas. Me dio la sensación de que estaban buscando cordobeyos por la carretera. Les aviso que sigan mi trazada y aflojo el ritmo, pero no me hacen caso. Eufórico, me acoplo en la bici y llego al control de Cangues a las doce y cuarto.

Llevo una alegría al ser recibido por Angel Pruneda y la familia Quirós. Después de todas las penurias todavía hago el número 29…

Ducha y a la colchoneta, que mañana será otro día.

A las seis y media salimos para Gijón Raúl, Juan Luis, Javier y yo de la SCTA y el segoviano. Por Sevares nos cruzamos con los dos primeros, de regreso. No podía ser de otra manera y en la Madera me quedé solo por detrás. Desde la Madera, por el valle de Llantones, se abre Gijón a nuestros pies con el fondo azul que una tenue línea separa el cielo de la mar. El rabioso verde esmeralda se ha tornado amarillento por los tres meses de sequía pero sigue contrastando su frescor con los ocres de la meseta. Atravesamos la ciudad y desembocamos en la playa. La marea está baja. Las sucesivas olas del Cantábrico besan la arena con su espuma blanca. El barrio de Cimavilla se asienta en la falda del cerro y sobre su tapiz verde destaca el Elogio del Horizonte de Chillida .En la plaza Mayor unos buenos amigos de la familia cicloturista asturiana nos cumplimentan el control secreto y, bajo el arco, salimos a la plaza del Marqués, por delante del Palacio de Revillagigedo, motivo de los trofeos de la prueba, desembocando al viejo Muelle, hoy puerto deportivo, bajo los pies de Don Pelayo, aquel caudillo godo sobre el que edificaron la leyenda de España.

En el caserón de San Andrés de Cornellana, en el barrio de Contrueces, perfectamente restaurado y reconvertido en albergue juvenil, pasamos el control del regreso de la mano de Junquera ¿Cuándo duermes chaval? Una buena comida y dormitorios, así como otros servicios estaban a disposición de los participantes de forma gratuita.

Los ánimos de la familia ¿qué sería de nosotros sin las maravillosas familias que tenemos? y el cambio de zapatos por unos viejos con piso de suela para luchar contra el calor y vuelta para Cangues.

Me cruzo con los que van camino de Gijón y con otros ciclistas asturianos que con sus entrenamientos hacen esta ruta muy concurrida. Hay que procurar no perder tiempo que el nordeste arreciará según pasa el día y dificultará la marcha.

¡Qué maravilla el control de Cangues!

El sol de mediodía ponía una agradable temperatura y sobre el fresco césped. A la sombra de los árboles, participantes y acompañantes se reponían de las fatigas.

El frontón cubierto, amplio, perfectamente equipado y limpio.

Y el chiringuito surtido. Angel tuvo que movilizar a su familia para darnos este servicio. Y qué precios. ¿Cubriste gastos, Angel?

Allí estuve un par de horas y a las cuatro, vestido nuevamente de ciclista, salí a enfrentarme al Pontón. En una terraza de Cangues Il treno asturiano terminaba el café con orujo de hierbas colofón de la comida para echarse a la ruta. El viento soplaba con fuerza por el estrecho valle en una ayuda inestimable pero cuando dejamos el desfiladero y comienza verdaderamente el puerto, en Covarcil, el sol añadió su parte al calvario. En Oseja refrigeramos con buena cerveza y así coronamos el puerto, acoplándonos a Il treno, pero tenían mucha prisa y en los repechos del embalse me dijeron adiós,   iban a dormir a Sahagún. Yo lo hice en una colchoneta en Cistierna. Que pena, un polideportivo tan bueno y tan sucio y abandonado.

Y llegó el jueves. El temor al calor de la tarde es una cuestión que no se me quita de la cabeza desde la debacle del martes.

A las cinco y media salgo hacia Sahagún. Hace una noche preciosa y subo sin agobios las duras cuestas de salida. Paso la zona de obras con precaución y cuando llego a Almanza ya es pleno día. El tormento de la recta recién asfaltada es ahora un placentero rodar en el frescor de la mañana. Duro puertecito para pasar del valle del Cea al Valderaduey y poco después de las ocho estoy desayunando en el hotel de Sahagún donde ha pernoctado il treno, me lo dice la camarera, acaban de marchar.

Desandamos la parte del Camino de Santiago, hoy nos cruzamos con una verdadera muchedumbre que a pie o en bicicleta te saludan camino de su jubileo. El viento vuelve a machacar camino de Carrión al igual que sucediese a la ida, con un refrigerio aquí, alcanzamos Frómista sin mayores problemas pasadas las once de la mañana.

Aunque las instalaciones son precarias, el trato es afable y servicial en el control. Otro sobresaliente para estas personas. Aprovecho para lavarme como puedo, no hay duchas, y cambiarme de ropa. Me dan noticia del paso de compañeros y sé que mi rueda, con la que he completado cinco 1200, no ha llegado todavía. Una vez que me la han suavizado, es el momento de esperarla.

Tomo otros macarrones en el restaurante y cuando llega Mariano lo refrigero con una buena copa de Peñascal bien frío.

Viene con problemas en una rodilla pero lo soluciona con antiinflamatorios. Problemas de tendinitis a Mariano…

Bien avituallados nos lanzamos al infierno. Partiremos los controles y además de en Tórtoles, pararemos en Baltanás y a la entrada de Aranda, en lugares que ya conocemos, con su aire acondicionado, buscar algo en estos pueblos puede resultar imposible.

Encima de la bicicleta pasas mucho calor pero cuando paras es cuando te da la sofoquina. Ya eran casi las ocho cuando dejamos Aranda. El sol estaba bajo por el oeste pero no molestaba al dar de espaldas, entre Marino y yo había algo más de 100 m. fruto del último repecho y por el medio de los dos cruza la carretera una pareja de corzos, primero ella y detrás él, adornado con su cornamenta, llevaban la dirección del embalse, seguramente para beber. Pasaron a menos de cien metros de mi pero creo que con el contraluz, ni me vieron.

Hemos salvado la última tarde de calor, pero hay que llegar a Ayllón antes de que oscurezca. Verdaderamente: no querer pasar calor ni circular de noche dejan muy poco margen de maniobra. El calor y la cerveza me ha perjudicado nuevamente el estómago y suspiro por mi leche en el control. La rueda trasera de Mariano pierde presión. Infla una vez y seguimos. A la tercera, solamente a tres km. del objetivo, tenemos que reparar. Allí quedaron mis cristales amarillos, los optimistas. Cuando pasamos el control son las diez. Litro de leche y a dormir al polideportivo. Una legión de chavales de lo más agradables y serviciales pero eché en falta algún adulto que pusiese un poco de orden en aquel desmadre.

El polideportivo bien, quizá le faltase una manita de escoba… y le sobrase calor.

Hacia las doce comenzó a llenarse y para cuando, por fin, conseguí arrancar a Mariano, a las cuatro de la mañana, estaba a rebosar.

Atienza cierra pronto así que hay que subir la Sierra de Pela. A los diez km. vemos unas luces rojas y al acercarnos encontramos a los SCTA Pedro y Saúl, con un maño. Seguimos hacia arriba. Jo con el Pico del Grado, acabo metiendo el tercer plato. Y antes de la cima el grupo de los pedros me da la gran pasada. Por las parameras de Campisábalos llevo el susto de la marcha: un bicho parduzco, rata, codorniz, conejo o yo qué sé… se dedica a correr pegado a mi rueda delantera, seguramente atraído por la luz, mi grito de terror le hizo escabullirse para la cuneta. Bajo Somolinos pensando en mi vaso de leche de Atienza y allí llegamos Mariano y yo a las seis. Allí no hay ni leche ni nada. Bueno, sí: latas de cocacola a dos euros. Como no hay otra cosa…

La compañía dice que hasta que amanezca no rueda más así que me acuesto en un banco, ya había entrenado en Algete, y a las siete arrancamos con la meta de desayunar en Cogollado. Se rueda de maravilla con el viento a favor. Subimos a Robledo de Corpes y desde allí, siempre tendiendo hacia abajo, hasta completar los cincuenta km.

El trato en el bar extraordinario, otro diez para esta persona, gracias a la cual recuperé fuerzas y ánimos para llegar a Algete, estaba con un litro de leche desde las diez de la noche del día anterior. ¡Ah!, y una lata de cocacola.

Con alegría atacamos las cuestas para alcanzar la meseta de Uceda, donde la fuerza del viento nos lleva sin dar pedal. Giramos hacia Viñuelas y la carretera saltona y el viento de costado dificultan la marcha. Mariano rompe el transportín. Lo sujeta con una goma, bajando con precaución y subiendo con esfuerzo. En el Casar de Salamanca ya huele a meta y el calor comienza a apretar. Es el momento de hacer la última parada, vaciando las jarras que una brasileña nos llenaba en un grifo. A la salida de Alalpardo a Mariano le entra una repentina prisa. ¿Será posible que me tienen que hacer sufrir hasta el último repecho?

Y llegamos. Alberto me espera con un vaso que ha llenado en una milagrosa fuente de dorado manar. En el fondo no son tan malos.

Son la una menos cuarto de la tarde del viernes, 22 de julio.

Hasta la próxima. Ya se verá dónde. Lo que sobran son carreteras.